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Comunidad de San Antonio: Otros Espacios Warner Benítez

El campo es otro espacio, otro mundo, otra sensación. Un cuerpo lleno de vitalidad que alimenta sus misterios cada nuevo día, con rupturas imperceptibles para los inexpertos citadinos. Y cada día, cada instante, cada sensación, parecen irse sumando en la mente de los campesinos, como un gran ser viviente que habla y explica los porqués de la existencia.  Allí, en el transcurrir de lo cotidiano, se juntan a la vez, lo tangible, lo tibio que habita la tierra y lo mágico- sagrado que se manifiesta en lo inesperado, en lo común o también en lo desconocido.

Llegamos a Santa Bárbara en medio de un aura de comodidad y soltura; con nuestra lógica habitual de la ciudad; pero pronto toda aquella aureola de lo urbano fue reemplazada ambiente pegajoso sensible de los ritos cotidianos, de las celebraciones y de la reiteración de la palabra: La palabra es risa, humor, celebración de los encuentros, de los más simples avistamientos del palpitar de la vida, como lo son, por ejemplo, el encuentro del amigo de hace media hora, el saludo repetido e incansable con el vecino, la broma inmediata, no premeditada y, la recurrente, la constante presencia de la risa. Es que en el campo somos más risa, mas livianos, menos esclavos del cientificismo social.

Pregunto a mi mismo porque. Y diré: por que el ser humano, igual que la naturaleza, allí parece inagotable.  

¿Que pesa entonces la incomodidad del viaje, el vaivén del trailer que salta con locura, el esfuerzo de manos y pies que luchan por mantenerse ahí adheridos al hierro viejo del jeep? Que pesan frente a la amistad que nace, frente a la historia que se comparte, frente a la carcajada inmortal, frente a la cegadora gama de verdes con que nos arrolla en cada vereda y en cada nueva curva de la carretera destapada.

Es que allí, en el campo, las manos  luchan y mientras tanto el corazón celebra. Y es la libertad la que se impone en todos los horizontes; aunque existan marcados limites económicos o sociales la libertad está ahí, en ese espacio donde el día no tiene linderos con la noche ni la palabra con el silencio.

Las noches por ejemplo se rompieron con caminadas y con relatos de duendes, con acompañamientos y con la ternura del aire fresco que renueva los espíritus, sean de hombres o sean de duendes. También con fogatas en la que se cocinaban canciones, chistes, amores y memorias de los amores Y por supuesto natilla, buñuelos, tinto y hasta el insoportable canelazo de Amilkar... 

Y el día, el día lo llenaron las palabras, las historias de doña Otilia y Don Jesús, que conocieron unan una cada una de las rocas que rodaron con la construcción de la carretera, y que los dejó a la intemperie y sin una debida indemnización. también conocieron la guerra, el color nocturno de las balas, la piel enrojecida de los combatientes que teñía de rojo los cuerpos vencidos de los vecinos inocentes; muertos innecesarios, violación de la existencia.

Pero también cuenta doña Otilia la historia de las flores, de las flores a traviesan el continente, bajando desde Bolivia en improvisadas bolsas que se duchan en los hoteles y duermen bajo el lavamanos para preservar la vida y lograr llegar por fin a san Antonio. O las flores de Jericó que esconden declaraciones de amor y palabras nunca pronunciadas, solo pensadas, descartadas y nunca ausentes.

En esas palabras estaban por supuesto los presupuestos políticos de Don Jesús, un Jesús particular que no cree en los gobiernos con amnesia campesina o marginal y que enseña de la tierra y de la psicología humana mientras caminamos montaña abajo agarrados de los palos de cacao para no caer. Porque mientras él camina con la vista perdida en el horizonte filosofando con elocuencia, sus pies van trazando de memoria caminos ya recorridos durante 80 años falda abajo. Dice:  Cada árbol muestra quien es su dueño y que clase persona es aquel que lo abona.  Es un profeta de la tierra, es un Jesús contemporáneo metido en un disfraz de viejo campesino.

Y en estas personas que nos interpelan con sus historias, vividas, vitales, hay un nexo familiar profundo. El respeto por la familia. La familia que se articula con un hilo invisible pero potente que hace que la vida vaya transcurriendo como una labor de acumular constantemente de todas las cosas, todos los sentimientos, todas las palabras que se cruzan con cada una de las ramas familiares. Es que, la familia no se rompe, solo se ausenta temporalmente, de distancia para pensar, se hace invisible para no ser obstáculo; pero nunca deja de estar, nunca deja de ser. Y cualquier problema de familia siempre es una emergencia, que no tiene espera, no se puede aplazar.

El campo es una espacio nuevo, mas nuevo que todas las ciudades, porque allí se renuevan las alas de los espíritus trascendentes.

La cocina por ejemplo es el adentro, espacio sagrado donde se dinamiza la vida, no solo en lo biológico sino también y fundamentalmente en lo intimo, espiritual y afectivo. Allí se socializa y se sintetiza el mundo de afuera y las actividades cotidianas. Mientras que otros espacios como los corredores o la sombra de los árboles son los lugares indicados para darle larga a los razonamientos en torno a la existencia, la teología y el devenir de la vida.

Afuera, los caminos, los bosques, los sembrados, los cerros, son altares sagrados donde se rinde culto a la libertad. Afuera y adentro son movimientos  que se expande y se repliega la existencia, en la que como seres femeninos y masculinos nos juntamos para recrear la vida. Y es allí donde nace la experiencia de género en la que hombres y mujeres no son contradictores sino complementos, especialistas de sus espacios que se juntan para hacer de la acción familiar una institución maciza, como la acción misma de abonar la tierra con nuevas posibilidades.

Pero hay en el campo una marcada intolerancia, la intolerancia con la quietud. Porque allí todo es acción, movimiento, dinámica, un diálogo constante del cuerpo con el entorno que se sintetiza en un concepto: El trabajo. El trabajo con el cual se transforma el mundo y que en estos espacios rurales adquiere el sentido de característica fundamental, pues quien trabaja, adquiere una sensibilidad especial para con su entorno: Una ternura primitiva que se derrama por las escarpadas montañas de San Antonio...

El campo es una espacio nuevo, mas nuevo que todas las ciudades, porque allí se renuevan las alas de los nuevos espíritus que nacen...