HISTORIAS

Toribio

Toribio nace en una montaña, brota como una flor entre las nubes, como un manantial de manos y  piel  canela germinada en las estrellas. Cada rostro es un planeta, un pedazo de cosmos tejido con genes de soles incandescentes; cada nacimiento es un grito de libertad en la inagotable garganta de todos los tiempos…
La Minga de Muralistas es una afirmación de lo humano, una invocación a los espíritus de armonía; Este ejercicio de color es un llamado a defender el derecho a la vida y la perpetuidad de una cultura. Aquí los pintores somos cronistas de las historias inmortales, somos aves migratorias anidando en  los frondosos árboles del espíritu de los pueblos: El espíritu que lucha, que brota una y otra vez, y se viste siempre de esperanza. A este pueblo, como a este mundo, hemos venido para continuar el ritual de la vida, el culto eterno a la memoria, la pasada, la venidera; llegamos como una nube de manos, como un viento de color; llegamos para llenarnos de rio, de montaña, de sentimientos de libertad que nunca han sido doblegados.
Aquí está mi pincel, mis manos dorándose bajo tu amarillo sol, Toribio; Aquí está mi corazón que guarda ríos de color para dejarlos correr por tus muros, por tus tantos  caminos de libertad y de esperanza; por tu lengua Nasa que convoca los diez mil espíritus sobre estas espectaculares noches redondeadas por la luna…

Warner Benìtez/2013

Tumaco


Pacífico Mar de pájaros y de rojos pescadores; azul horizonte atravesado por casitas de madera y de jóvenes habitados por una imparable melodía en la piel, en la risa, en el corazón…

Mar que llaga cada tarde con su oleaje tranquilo y el aletear de las gaviotas que persiguen sus sueños en la espuma de una barca con techo de cielo. Infinito ser viajante de cuerpo líquido   que se arrastra  bajo los caminos de madera, bajo las casas de tablas al natural,  bajo los pasos de una historia atravesada por tantos dolores. Historia atravesada por tantas historias de esperanza y voluntades firmes que saben mucho de horizonte y memoria: Tumaco.
Pincel en mano, el corazon un huracan, la sonrisa un paisaje, las palabras una cancion. Asi son estas almas jovenes, con las manos jóvenes tambien, con rostro de inmortales linajes, con miradas de indestructibles veranos. Escriben sus historias, sus finas, dulces y amorosas memorias de dignidad; escriben porque no se puede olvidar, porque el olvido ah sido la peor arma, la peor muerte. Aquí en los muros del Centro Afro Juvenil, los colores, los cuerpos, los viajes del mar, los peces, el atardecer, no son un nuevo relato, es un registro de la historia que hemos decidido construir y defender, con justicia, con cariño; con la determinación y la fuerza que quienes saben dónde comenzaron los caminos, y a donde van los sueños.
Vuela la sonrisa en las alas de las mariposas migrantes, vuela el color que llevan los pescadores cuando van sembrando el amanecer en los manglares y en los esperanzados ojos de hijos que esperan. Salta este corazón intenso que lleva en las venas un poderoso mar de grandeza y de libertad, de cielos en los que siempre fluye el viento y el lenguaje de los tambores: Pintamos porque hay esperanza y porque es posible sembrar la risa donde antes estaba la muerte.

Warner Benítez/ 2014

Dresden: El Corazón y el Rio


Un color azul oscuro recorre la superficie de La Elbe, tranquiliza su suave cuerpo de rio de tantas historias, y sube con la noche para acariciar el amarillo brillo de los seres alados que habitan la cúspide de los grandes edificios negros, como radiantes guardianes del horizonte, como eternos habitantes que apasionados por la estética se niegan a partir aunque tengan grandes alas. La Elbe es como una gran camino que recorren apacibles barcas, festivas naves, esperanzadas miradas, sorprendentes destinos como el nuestro. Es el alma de la ciudad y el viento musical que está en todos los rincones, en forma de violines, de instrumentos de viento, de orquestas ambulantes y de monumentales coros que se instalan en las escalinatas de mármol, en las amplias calles peatonales, para sembrar una fiesta en el espíritu. El espíritu humano, alegre, que como rio también recorre las calles de la ciudad, Dresden, afirmando el llamado del corazón: El Kirchentag 2011.
A este rio de humanidad decorado con corazones finamente trazados sobre fondos de color magenta, nos sumamos Anne y Yo; descendemos del viento Latinaomericano con los colores a la mano, para hacer parte de los 120.000 rostros coloridos que llegan de todos los rincones de Alemania y de muchos lugares del mundo. Es que hay un llamado para aquellos seres a quienes les abunda la gracia en los corazones, y les hace posible la fiesta, la solidaridad, el encuentro.
Es el brote de una cierta magia que hace posible que del diámetro de un pincel brote como germen maravilloso un tesoro, un relato del corazón; y que el lienzo blanco instalado en la entrada a los auditorios de la Universidad Técnica se vaya llenando de colores. Colores con nombre, nombres con corazones; corazones de hombres y mujeres; seres humanos que tienen un sueño, una apuesta, una responsabilidad con la humanidad. Y esta humanidad comienza a manifestarse en los diversos rostros que hora tras hora llenan el espacio limitado del mural para dejar abundantes registros de color, evidencias del compromiso, con lo vivo, con las transformaciones sociales, con la justicia, la ecología, la energía alternativa. Rostros llenos de vida vivida, rostros con vitalidad presente; almas inquietas que nos hacen saber que requerimos de 100 metros más de espacio para pintar o que hay tanto por contar en las manos, los espíritus, que todos los muros del mundo, acaso son apenas suficientes.
Y se manifiesta una geografía abierta que pasa por el entusiasmo cálido de Thilo, la jovialidad del Brasilero Aírton o la exótica figura de Zarina de Kirguistán que nos brinda una fina muestra de simbolismo gráfico de su cultura. Llegan por supuesto, Andrea y Alberto, paisanos colombianos, con amigos de Perú, Vietnam, África, para dejarnos sentir un dulce sabor a Universo.
¿Qué otra cosa podemos pedirte, Mural? Temporal espacio de color, convocador de historias nuevas, evocador lugar de una energía vital que acompaña el sueño de estas generaciones con el corazón cálido y las manos dispuestas para crear.
¿Qué otro tesoro puede alimentar mejor el destino del mundo que la posibilidad del encuentro, la manifestación de la persona humana en su conjunto, en su sueño colectivo, en su habitarnos sinceramente con una sonrisa?
Y se nos queda vibrando en los labios un agradecimiento. Agradecimiento a los maravillosos seres que nos acompañaron en estas horas de color; al tiempo que siempre nos da una opción para vivir algo mas; agradecimiento a la amistad que germina siempre, se extiende como la luz del sol; y agrdecimiento a los corazones que alientan el amor porque ahí siempre habrá una opción para un mundo nuevo.

WarnerBenitez/junio de 2011

 

 

> > > ©SoñoridadColor, 2018

Una Casa para Soñar


(Mural en Santa Fè, Argentina)

Santa Fe escondida bajo la blanca cortina de bruma de mayo, liquida como llanto universal, blanca como una atmosfera de leche suspendida sobre la ciudad nos recibe con un abrazo de memorias   gratas y de fantasía. Hemos llegado con la intensión de encontrar a los amigos, renovar la memoria de los buenos días y hacer colectiva esta memoria de color que habita en los corazones. Tan cierta, tan certera como el abrazo con el que nos recibe Orlando, y en el que Anne y yo nos sumergimos en la expectativa de los nuevos tiempos: Nos abrazamos a la idea perenne de rendir tributo a lo sagrado que habita lo humano, a esa promesa de crear que compartimos como especie.
Para eso no hay lugar distante, no hay geografías negadas, no hay tiempos imposibles. Existe indudable y firme el fuego bajo la piel que  habla de la hermandad entre los pueblos: Alemania, Argentina y Colombia, en esta ecuación resultan una elocuente expresión de búsquedas compartidas. Y es por eso que juntos atravesamos la ciudad para llegar a San Agustín donde está la casa; Casa en general, la casa real, en una calle de tierra enmarcada por pastos a medio verdecer donde las vacas  y los chicos se disputan una competencia natural ; la de  sobrevivir unos, la del futbol los otros.
La magia de esta  casa en particular es la evidencia de la geografía suramericana; es una honrosa ventana hacia un mundo más grande donde las migraciones y la lucha por la vida son una ineludible constante. La Magia es también la existencia de seres humanos que se la juegan cada día por proveer a otros pequeños seres la posibilidad de una merecida comida: La Casa de Jóvenes Pablo Aguilar es un símbolo a la memoria de esos espíritus libres y generosos que no cesan de brotar en nuestra tierra latinoamericana.
A esta casa hemos llegado con un grupo emotivo de Jóvenes voluntarios que además de traer algo de comida para compartir con los chicos del lugar, traen ternura y tiempo para jugar al juego improvisado de ser chefs, maestros, hermanos, madres, padres, amigos o cualquiera de las luminosas manifestaciones del ser humano que pueden encarnarse allí, y como ángeles cumplirle algún deseo a algún chico soñador.
Y También  hemos venido para pintar; pintar algún sueño, quizá muchos sueños; a lo mejor un retrato de un mundo futuro y mejor, que ya comienza a manifestarse con las donaciones de pintura, materiales y manos que brotan urgentes para la acción.
Esta escena abierta de pintar con el cierto dramatismo del tiempo escaso de por medio,  con la sorpresa inédita por el resultado, y el dulce palpitar de la amistad y el cariño, nos sumerge suavemente en idílicos instantes en que las palabras y el color, la esperanza y práctica, el símbolo y la comida, son parejas indisolubles que se van acercando sutilmente a expresiones deseables  de la sociedad.
Y es por eso que en dos cortas e intensas jornadas, la sala del comedor comunitario de la casa de Jóvenes Pablo Aguilar va dejando percibir la imagen grande de una mujer que teje y en su tejido va juntando los  paisajes  urbanos marginales con los glamurosas arquitecturas de la ciudad moderna, en una invitación tranquila a la solidaridad y a la reconciliación con la dignidad de los marginados. Es que la llamada fundamental de quienes  le apuestan a este proyecto de comedor comunitario y casa de formación, es la solidaridad con el alimento: Un grito pertinente para clamar por la justicia sobre los productos de la tierra que son herencia de la ciudadanía y derecho de los pueblos. Ahí juntos, desde el más pequeño hasta el más grande, construimos la fotografía de un mundo que ha abierto abismos entre los seres humanos  pero que creemos puede ser cambiado por un mundo inclusivo y justo.
Tal como el sueño de un hombre que  va apareciendo también en otra pared, la memoria del personaje por el cual la casa lleva su nombre, y que es pintado tal y como en el recuerdo de sus hermanos de sangre habita; el hombre joven y de espíritu grande que sigue habitando en los corazones con hambre de justicia.
Y por supuesto aparecen en la pintura, manos. Manos grandes, abiertas, llenas de estrellas y de cosmos; de milagros y de profecía. Esas manos que son las manos de la divinidad que puede proveer en las necesidades, y también las manos del ser humano inmenso que es grande en sus actos pequeños, y generoso en su abundante vida; unas manos que son las manos de una persona cualquiera que  es capaz de ver y tocar el dolor; que es  capaz de sembrar  una nueva historia: Las manos de quien puede  llevar algo de alimento o  desde su humilde posición, puede iluminar siempre con la luz de la esperanza.
Un tributo entonces a los niños y niñas de la Casa Pablo Aguilar, a los hombres y mujeres que se brindan enteros en cada actuación única; en cada bocado de comida; en un tarro de pintura, en un instante para recordarle a quienes van en camino, que el camino puede ser mejor si caminamos como hermanos.
Warner Benítez/2012

 

Borkum: Isla de Tesoros


Exuberancia del blanco: En el continente, en el mar, en el cielo, en el aleteo de las gaviotas. Blanco solo interrumpido por algún descomunal barco, o por el gris en la costa holandesa, hecho de plantas de carbón, de mil molinos de metal o de grises puertos de embarque. Dos horas y media sobre la proa del barco, arrullados por el frio blanco y el delgado aullido de los perros de mar revolcándose en los bancos de arena, también blancos; y cual viaje a través de un rio cósmico sin un arriba, sin un abajo, es lo necesario para llegar a la Isla de Borkum desde la costa Alemana.
Pero esta isla es como un trópico al norte, con un sol rojo que rueda sobre el mar un rato antes de irse a soñar sus sueños al otro lado del mundo. Borkum es la antigua habitación de balleneros y piratas que enterraron allí sus tesoros y también sus sueños para no tener que marcharse nunca, o para afirmar que la asistencia humana a la vida puede sintetizarse en una playa y una pequeña barca.
Es por esta particularidad y por la iniciativa de Jörg, el pastor Luterano, que en la puerta del “Arche”, el arca, de cara a la calle, en un espacio de 4. 5 metros por 3 comienzan a brotar los colores, como nuevas especies carnavaleras, invitadas a la isla, que serpentean con sus tonos básicos y hacen que el enorme faro nuevo de 50 metros, sembrado al lado de la calle peatonal, se enrojezca primero en su piel de ladrillos y después se vea circundado por una multitud de personas curiosas que se acercan para pintar o simplemente para decir “toll”, “super” como una aprobación emotiva a lo que les llena los ojos.
Porque cuando de pintar se trata, los Insulanos son como las olas del mar, llegan, abrazan apasionadamente y se quedan para siempre; dejan sus historias con arena, sus relatos de amor y de caracoles que se van iluminando con los amaneceres. Nos brindan abiertos sus corazones, a colores sus tesoros de huellas y de sentimientos que han ido coleccionando en este lugar mágico donde el tiempo se rebela contra todos los relojes.
Ya nada es blanco ahora, el cielo es azul y el mar le regresa una mirada clara, cariñosa, verdosa; las nubes se visten de magenta, naranja, amarillo y rojo; así como mi plato que ahora, y por una de esas magias humanas solo existente en una isla como esta, me devuelve un rojo de frijoles y una amarillo claro de maíz que llena de nuevos colores mi rostro, mi alma de satisfacción.
Y el espacio mural está totalmente asistido por cualquier cantidad de personas de todas las edades, de muchas nacionalidades, que hacen que el ambiente adquiera una alegría contagiosa; hacen que el lugar se llene de un sabor a almas seducidas por sus relatos más alegres, por sus propios paraísos interiores. Pintar se convierte en un fenómeno por el cual los seres humanos establecen un dialogo enamorado con su propio territorio de pájaros, vientos poderosos, arena blanca, enigmático mar y cielos de ensueño.
En otra época la gente llegó a esta isla para cazar ballenas. La gente llega hoy en busca de trabajo; llegan por turismo, o un estupendo plan llamado de “madre-hija/hijo” que es un espacio de encuentro y de sanación familiar. Y en nuestro curioso caso, para pintar. Y dicen que mucha gente que ha llegado a la isla se ha quedado ahí para siempre por un hechizo del destino, o por la manifestación de un mundo suficiente, estéticamente atractivo, humanamente seductor: Es una realidad que se siente en la piel, en la sangre, en el espíritu que siempre grita sus más sublimes libertades al cosmos entero. Es un secreto que se guarda dentro con cierta incredulidad, con cierta euforia.
… Y hemos salido de la isla, muy en la mañana, mientras una emotiva mujer corre al lado de nuestra ventana, junto a nuestro colorido tren Insular que nos llevará hasta el barco más próximo. Es una romántica escena de despedida típica del cine clásico o una profunda señal de nuestro destino. Nos marchamos un poco escapando, un poco lamentando la partida; pero dentro el alma, en el agite primordial de la sangre se queda firme una muy clara manifestación del deseo de volver.
WarnerBenitez/junio de 2011

 

Color en Inti Runa

En lo alto, en medio de las colosales montañas, allí donde el Inca hizo temblar la espada del conquistador; ahí donde el rayo hace caminos luminosos en el obligo abultado de la tierra para los sueños de libertad, ahí, el color nos saludo, nos mostro su rostro de mil espíritus que bajan para sembrar la sierra con maíz y al viento con alas de condor.
Al barrio “La Lucha de los Pobres”, en medio del cálido abrazo de la comunidad “Inti Runa”, llego por supuesto “Inti”, abierto, legendario abrió el gran estomago de la lluvia y sembró luz amarilla sobre el extenso valle donde Quito calienta su largo sueño Andino y da su lucha por los derechos, la dignidad y la integración de sus pueblos.
Pero la nuestra no fue una batalla, fue una invocación, un rio de vidas que se sumaron a una memoria estética de búsquedas humanas y de convicciones propias. La nuestro fue un encuentro con lo mágico que genera la suma de las manos, la buena voluntad y el profundo deseo de construir caminos de liberación.
Lo nuestro comenzó con un relato colectivo, como un coro a muchas voces invocando historias que habitan el alma libre, posible. Relato de ríos, de lagos, de caminos, de comunidades en las que siempre ocurre el milagro del nacimiento aun en medio de la caminada, aun en medio de la más oscura noche.
Y con la frescura de la mañana nos juntamos, nos agrupamos en colores, nos abrigamos con las sonrisas, los comentarios alegres de Nelson que le sacan siempre un rayo de la más vistosa luz a cada rostro. Nos acompañamos de rostros infantiles que tienen el ímpetu de darle a cada trazo una aureola de novedad, de sorpresa, de independencia. Nos acompañamos del canto grave porcino, del aullar óptico de los perros residentes, del galopar elegante de la llama en la que cabalga Javier. Del humor de José Luis y Miguel que nos brindaron el mejor café de las alturas, el mas dulce de los acompañamientos, y por supuesto el fino y acogedor sarcasmo castellano.
Nos acompañamos del Inti que volvió a su reino de cóndores, volcanes y alpacas para apaciguar las lluvias y regalarnos una iluminación de alto voltaje que muchas veces también amenazo con calcinarnos la piel…
Y del blanco tuétano de la pared comenzaron a brotar líneas veloces que van a cualquier lugar, como una gran enredadera que pende de un cielo de vinilo. Emergió el rostro de la montaña, el amor narrado en la erupción ardiente de la piel volcánica de los dioses, y el vuelo retante de los seres pájaro que van con su aleteo de colibrí hacia el mismo sol; hacia la propia tierra para iluminar de color la vida: Memoria del tiempo en que la lucha amenaza con generar la aniquilación, memoria del tiempo en que hombres y mujeres se levantan para afirmar un sueño, una vida, un proyecto de camino y de mentes abiertas para la esperanza.
Asi brotó también la montaña del arcoíris, y en ella su ojo tranquilo, vigilante, compañero; sus cabellos de montaña, de ríos procreadores, de comunidad que siempre avanza: Abrazo de color. Color desbordado sobre el color, color tatuado con sol, con espíritus que se encuentran con posibilidad de ser y entregan sus manos a la claridad de sus tantas búsquedas. Asi brotan las manos fuertes, grandes como arboles, juntas como un gran árbol solo, poderosas como la afirmación de lo vivido, poderosas como las ideas que pueden entender el momento en que la tierra misma es historia con una vía abierta hacia la justicia.
Mi brindis ahora es un viento suave, espíritu veloz, viento de los nevados que viaja a los cuatro cuadrantes de la Chacana que abrazamos en esta copa de arcoíris. Mi brindis con Fabiola, Cristian y Mario, que nos dan su abrazo latinoamericano, su corazón abierto, su reino de afecto, de dulzura y de sopa.
Mi brindis con Marcia que recorre los caminos, y visita con su mirada impecable los tiempos, los campos por sembrar.
Mi brindis, con Jose Luis y Miguel, por ese dialogo siempre abierto, por ese puente de colores que construye el Inti Runa entre la historia de un pueblo Latinoamericano y su dignidad. Una margarita por lo eterno, por el amor que no muere, se transforma, hace los caminos nuevos, los amigos seres alados y el vivir una apuesta por una familia que va mas alla del acuerdo comercial: Vivencia que se presiente en el alma, y donde ella misma cabalga para hacerse más humana, mas hija, mas hermana, mas padre, mas hombre que ama.
Brindo por el compromiso y esa estela de actos consecuentes que son semillas que brotan, se extienden sobre el camino y escriben una apuesta por lo autentico, por lo verdadero, por la profundo; por el amor que lo puede hacer todo nuevo, todo libre.
Esta copa de sol serpenteante en alto por ustedes amigos, amigas, jóvenes, chicos, chicas de Inti Runa; ustedes que asumen el compromiso, el reto de crear, de amar, de vivir una comunidad con justicia, un nuevo país con esperanza.
Aquí mi brindis contigo compañera, Anne de colores, espejo de mis sueños; canto que se baña en la aureola colorida de nuestros ancestros, la Chacana que vuelve a su nido, a tierra preñada de liberación.

WarnerBenitez/2011

 

La lluvia es también un lamento, una oración de la piel terrestre con pequeñas silabas liquidas, que se convierte en lágrimas incesantes, en ríos entristecidos que escapan, huyen, persiguen algún sol de montañas; persiguen una selva de arboles como peñascos, un valle de manos que les abrigue y les convierta en jugo nutritivo, en abrazo de reconciliación.
Y si llueve también pintamos, subimos a la montaña, escribimos con color nuestro grito, nuestras tantas agitaciones interna, nuestra memoria del momento en que decidimos no escapar sino hacer un camino de ternura con el pincel para guiar una caricia de manos infantiles, de palabras campesinas que pueden hacer posible la siembra de un futuro, hoy.
Y entonces, en las aulas de la escuela del sendero, en los primeros escalones del andes colombiano; abrigados con la mañana, las bellas miradas, las amistades de siempre, nos citamos con los dibujos de madres, de chiscos, de profesoras, de artistas de tierra, que creen en la magia del color y en las semillas humanas necesarias para convertir el llanto cósmico en aleteo de mariposas.
Es semana santa, con todos los santos luciendo sus mejores vestidos a dos tonos. Y existe el fenómeno de las vacaciones que es mas abrumador que el fenómeno de la niña; y la ciudad está como un cielo renacentista sembrado en el ombligo de Payán, el legendario Cacique de la región Pioyá que encontraron los españoles a su llegada: Popayán. Totalmente blanca, totalmente llena, totalmente desmemoriada del entristecimiento líquido de los valles, del ablandamiento punzante de las montañas, y de la tierra alambrada con fusiles.
Aquí el olvido no es una opción, el silencio no es el camino justo, y la blancura es apenas de nubes, de territorio posible para escribir la memoria; la memoria de las dificultades o la memoria de la esperanza. Y por esta última tomamos partido; a esta le apostamos cuando en las propuestas colectivas, al lado de lo trágico, aparece un inventario de lo vivo, de lo que aun está, de la riqueza cultural, de la fortaleza del espíritu que siempre tiene una propuesta.
Por eso brota el sol como semilla sublime, para dejarnos su amarillo canto, y por eso las mariposas llegan para colorear los sueños. Por eso el hombre detiene el filo de su hacha que ha causado la devastación, y se funde con la mirada de la montaña que aun espera la buena voluntad, y el abrazo de una humanidad que vuelva al encuentro con lo cósmico. Y aunque ciudad amenaza con su negro sueño de olvidos… el rio crece azul y rojo de peces; y el lago vuelve a sus brotes de fertilidad; y las plantas a su verde más exuberante; y los humanos a su destino de cariño.
Jorge, Jafeth, Anne y Yo, creemos en ello. Creemos en la imagen que puede liberar pensamientos creativos, encuentros habitados por la ternura, siembras de semillas esperanzadoras en la piel. Igual lo hace Jesús, Jesús el del sendero, con su rostro jovial de tantos años y sus relatos ilustrados a todo color; Él que nos muestra la imagen de un amigo que brinda la posibilidad de café para el frio y arepas para fortalecer esta mirada del tiempo que se detiene para mirar, para mirarnos. El tiempo que se hace otra vez chiquillo con su mano cálida sobre la pared, para llenar de color las montañas, las plantas que cobijan lagos. Lagos que son liquido fresco y también liquido simbólico que llenará nuestro territorio de duendes y de seres que cuidan de los bosques. Esta tierra que requiere de la tierra; esta tierra que requiere de los ancestros otra vez cabalgando el tiempo, y de hombres y mujeres tejiendo el destino que nos legó Payán.
WarnerBenitez/abril/2011

 

República Humana: República Dominicana

El mar es como el destino cuando se mira con ojos de curiosidad: abierto, azul en todas sus formas, apasionado; y ante todo fervorosamente vivo. Vivo, como los hombres y las mujeres, como los chicos y las chicas que miran con sus grandes y negros ojos los ritmos sinfónicos que se estremecen en el oleaje de la tarde y le dan personalidad al Caribe entero… Y el universo allí se siente también vivo, como el sol que camina sobre la piel y deja sentir su ser amarillo de maíz primordial.
Y entonces la curiosidad se hace otra vez mar y el mar se llena de azul; azul que se aparea con el verde, con las rocas, los peces y con el cielo mismo para hacer crujir los conceptos del color o de mortalidad y devolver al alma esa dimensión mágica y convincente de que todo es posible. Posible el cambio, posible la utopía, posible vivir el Caribe para contarlo; posibles las mujeres y los hombres con esperanza y con nombre; posible la propuesta educativa que nos invita a compartir el color al lado de este fantástico mar humano, impredecible, bello, aromático, misterioso, cariñoso y sin tiempo…
Suave; suave como el instante mas aquietado de las aguas en que nos reciben Vladimir y Marcia, sin la prisa de una agenda, con la complicidad de la amistad de siempre… con esta bienvenida tranquila nos llevan por la avenida de las Américas, con el mar a la izquierda, y el corazón palpitante por este color azul inexplicable que comienza a caminar por la venas con solo mirarle…
Aquí uno se olvida literalmente del cielo y los ojos se hacen amantes de las profundidades subterráneas de los piratas y de la cosmogonía de los Tainos que bien sabían que en el vientre de la tierra hay divinidades que como ríos incansables recorren una y otra vez la isla para sembrarla de canciones y del sabor blanco de la yuca.
En República Dominicana, la república humana tiene muchos colores, la mineral también; de eso nos damos cuenta al llegar. Hay risa en todos los rostros, palabras suaves en el aire que nos conecta con todo lo vivo que ahí existe, y un abrazo del mar que le hace a uno brotar mareas en la piel. Aquí venimos a soñarnos un mundo mejor, un mundo inclusivo y libre donde pintar es una libertad de la cual se puede uno apropiar.
Es que los murales son una actividad que tiene su sentido en lo colectivo, en la participación, en la vivencia de un mismo suceso: La creación. Por eso el intento básico de entrada es que las personas miren con una mirada común, pongan su imaginación a favor de la creatividad y sus mentes en la lógica de la libertad. No hay nada previo antes de comenzar, quizá sólo algunas otras experiencias. El mural se alimenta de lo que viven las personas, de lo que sueñan, del espacio que buscan de libertad, lo que nos dejan sentir y ver.
Nuestra disponibilidad debe ser a varios niveles entonces para comprender y asimilar imágenes y colores que van apareciendo. Ahí, los ejercicios que hemos propuesto antes de pintar buscan estimular las imágenes para que vengan, buscan generar una actitud creativa de libertad y confianza. La narración ahí también es creación del momento, leyendo un poco la necesidad del grupo, intentando explorar un poco la posibilidad de los universos simbólicos e imaginarios particulares.
WarnerBenítez/marzo2010

 

Una Casa por una Casa

Vivir, amar, aunarse con las flores del duende; descubrir las estrellas en la redonda superficie del café negro; beberse en el sueño la mirada de la noche, saborear en cada sorbo a los seres habitantes en la mirada; y la presencia de una arrobadora estética en la piel…
Porque pintar, como acto espiritual, es un dialogo en el que las lagartijas, las piedras, los pinceles o los acrílicos piden la palabra, y los artistas somos espacios conductores de la onda en expiación de la cultura o del llamado profundo del vientre de la tierra:
Evocación de una herencia del alma, de lo fundamental, de lo primario. Evocación de la mágica máquina donde se incuba la vida, los sentimientos, el afecto. El lugar-hogar, casa-maloka, centro cultural del encuentro y de la siembra de futuro, donde siempre es enriquecedor estar, volver, habitar. Una parábola de humanidad sin instituciones ortodoxas; edificación solida sin murallas de piedra inexpugnables; credo recetado por la historia de nuestros pueblos precolombinos, y abonado con los recitales al calor de un fuego amarillo como sol.
En este credo de siembra de cultura creen las profesoras, que a pesar de sus vacaciones llegan cada mañana con para sumarse a este rito mágico de pintar; y creen las madres de familia que emergen rápida, decididamente, trayendo a sus hijos e hijas de la mano, como una lección encarnada del sentido de familia. Es esta la fuerza y la dulzura que hace que don Libardo sostenga entre sus grandes dedos al frágil y joven conejo con sus dedos amputados, y le de una a una pequeñas ñrebanadas de zanahoria para que crezca como los demás…
Como por hechicería de la imaginación o de las bellas palabras, o de la diversidad irreconciliable de los conceptos, o de la legítima fortuna de la amistad que gobierna mas allá de todos los reinos terrestres y no terrestres, en una cosa siempre estaremos de acuerdo: La casa.
Si, la casa. La recordada, la habitada, la simbólica, la heredada culturalmente. La siempre nuestra. La de la memoria particular de los tiempos habitados con dulzura en la casa del sendero; la casa de Argenis, Jafeth, Jorge, Maria Eugenia, Tomás, Manolo, Nidia, Yessisa, Libardo, y todos aquellos y aquellas que temporal o casualmente hacen parte de una familia que esta mas allá de los vínculos sanguíneos o materiales.
Una casa abierta, sin paredes que lamentar, sin espacios para vaciar. El lugar aquí, donde todo está habitado por el fuego inextinguible, libre, de la palabra; donde todo está vivo por la fluida presencia del relato, ferviente vigilante del camino, asiduo defensor de la independencia que solo adquiere sentido en comunidad.
Casa de creación, de alumbramiento de lo trascendente, en torno de la cual los pueblos del sur han fundamentado el sentido de compartir, el sentido de lo colectivo; y donde en medio del ejercicio de pintar podemos reconocernos como familia que celebra, familia con oídos abiertos al gran relato de los misterios de la vida, de los caminos del encuentro.
¿Por qué, qué cosa somos sin el encuentro, sin la fortuita comunicación de los destinos, sin el habitar caprichoso de la historia que nos brinda siempre un recinto común? Somos encarnaciones de viejos encuentros, fabrica se planificaciones para nuevos el encuentros.
A estos encuentros de color, a estas familias que van juntas, al afecto que siempre hace nuestras las otras luchas; a la posibilidad que nos da la vida de tener una familia o de encontrar familias que acogen, nuestro más grande reconocimiento, nuestra venia. A esta luz múltiple de ojos, nuestro ferviente deseo de que siempre exista un lugar donde escuchar como familia el relato del nacimiento de las estrellas, mientras se contemplan millones de ellas en el cielo y se tiene la certeza de que una de ellas será nuestra cósmica habitación.
Y a un hogar como derecho humano; como derecho de los pueblos, de los hijos e hijas; de los hombres y de las mujeres que contribuyen a la cotidianidad de la existencia de una humanidad, nuestra siempre sentida manifestación de solidaridad y nuestro pincel siempre dispuesto.
WarnerBenitez/Popayán/abril/2011

 

 

Encuentro de Seres Cósmicos

La profundidad del cielo a veces es mayor que cualquier concepto; y es mayor el conjunto de las garzas blanqueando los arboles cercanos; también es mayor la imaginación y la historia de estos territorios latinoamericanos. Aquí en Popayán, en el sendero, cada metro cuadrado ha sido camino de ancestros de piel canela, de diosas y de dioses con tantos rostros, de tiempos sagrados y de colores que reclaman su lugar. Quizá por esto, ahora, comenzar a pintar era mas difícil que las otras veces. El muro estaba listo desde abril, aquel mes en que pintamos tres murales en una jornada de quince días. Quizá por eso también existe una expectativa en nuestra dimensión interior, de dar lo mejor, de ofrecer lo propio, de la manera más sincera. Y entonces debatimos sobre números significativos, y sobre divinidades; sobre seres del viento, de la tierra, del agua; también sobre la magia o el sentido de lo trascendente, lo autóctono... Y la noche, guardó nuestras palabras, las dejo correr sobre leños oníricos, las revolvió en su sombrero roto de caña gastada, y al otro día, estábamos como al comienzo. Atiborrados de imágenes que evadían nuestros sentimientos. Pero Jafeth sonríe, camina sin prisa, no se cuanto tiempo lo ha hecho asi; no se cuantas dudas existenciales exorciza acariciando su perro o persiguiendo una luz nueva que llego con el verano. Y se arma de paciencia, nos despoja del peso del deber pintar ahora, y nos lleva a embriagar con el buen café que prepara Argenis…

Anne con su traje colorido y sus mejillas recién pintadas por el sol, deja perder su mirada en mariposas que escapan y se vuelven planetas o centellas que viajan a otra galaxia. Ella escapa también por un camino de barro; se pierde en los senderos del duende amaestrado del que una vez conto Tomás Vargas, abraza en su vientre un enjambre de melodías de viento, y de luciérnagas para que no se diluyan, y al final, todos y todas, terminamos en la en la casita taller de Jafeth, con Argenis, arrastrando tierra con azadones y lanzando terrones amarillos al desnivel del patio donde se construirá la nueva casa. No hay discusiones mayores, no hay trasgresiones de ningún acuerdo; la libertad se mece en su hamaca de colores y nos deleitamos con los helados de Daniela; y cual a fruta sagrada, los degustamos y volvemos a imaginar la tierra prometida; volvemos a acariciar los trazos precolombinos en la geometría de una arepa con queso…

Amanece, ya es Jueves, y es otra historia. El sol de la mañana parece dibujar el contorno de los cuerpos que habitaran el mural, y cada uno, cada una, ha elaborado ya imágenes cuidadosas; estudios magníficos de animales y de seres que han poblado la montaña desde siempre. Por ejemplo Jorge, juiciosamente ha hecho dibujos exquisitos de pájaros en su libreta de campo; en especial de uno llamado barranquero que, justo en el momento de iniciar a pintar se aparece y posa para la foto. Jafeth, ha mirado varias imágenes del leopardo, el león andino, y ahora viene con mucha tranquilidad, con mucha seguridad a pintar. Y Anne entonces convoca los tucanes, los trajes coloridos, las melodías de la música del sur, el sutil murmullo de colores que le inundan desde adentro y, los cuatro comenzamos a tejer aquella relación luminosa entre los seres humanos y los seres mágicos; entre lo cotidiano y lo mítico; entre los tiempos en que pintamos por deber y los tiempos en que nos regalamos un instante, un espacio para pintar en compañía. Es memorable este instante a mi cámara fotográfica, a mis manos que tiemblan atrapadas en un pincel, a mis ojos que aun han visto tan poco; a mi piel que se estremece: El momento de compartir este lienzo de ladrillos y cemento con Anne, Jafeth y Jorge. Porque no hay una competencia ahí, no hay una propiedad privada de las pinceladas; hay un dialogo de color, un encuentro estilos, de historias; un encuentro de figuras que se acercan unas a otras, se saludan, se aman un instante y después se hacen parte de un cosmos que les abraza. Es el encuentro de una lealtad artística a la que nadie renuncia, a la que todos tenemos acceso. Y es como un sentarse a la mesa y servir el mejor trago, la mejor cena, y escuchar la mejor música; sin que el tiempo apremie, sin que nadie quiera marcharse, sin que las notas se interrumpan, sin que haya lugar donde no quiera habitar la memoria del instante… Y como convocados por este místico culto aparecen Diana, Yorly, Daniela, y los chicos de la vereda, en multitud, como peces de verano; y con un voraz deseo de pintar se suman a la minga; trazan gusanos, peces, mariposas y caracoles, y caracoles mas caracoles por todos lados… También don Jesús que pinta paredes en la ciudad se suma a la celebración del color, y tímidamente va sembrando girasoles y selva verde con su contante pintar, afinado por los años.

Y entonces el tiempo celebra y deja correr sus cósmicos brazos sobre nuestra piel; primero un sol ardiente como el fuego en el que se cuecen las tinajas de barro; después las gotas espesas y enormes de un invierno cristalino que solo acaricia, no moja. Y después el viento con oleajes poderosos que nos sacuden en la escalera, nos revuelve los callos y dejan la hojarasca flotando en el entorno. También a la pintura revuelta con tierra y pasto. Pero es una acto fantástico, es una voz de la tierra que agradece y nos acoge; a la vez nos bendice y multiplica el color en nuestra paleta, la sonrisa en nuestros rostros: Es un encuentro colorido, en el que el chaman, la música del tambor y las flautas, lo mismo que el canto de los pájaros y el gruñido del jaguar se hacen presentes, acuden a una misma cita, celebran y acuerdan compartir los territorios, el respeto, la tierra sagrada. Y en la tierra se depositan como ofrenda, desde cantaros de barro, la semilla en forma de granos, la chicha y el polvo de la urna de la vida y la muerte que contienen la memoria de los ancestros.

Ha sido en efecto un momento de encuentros, de encontrarnos, de encontrar las imágenes ahí, en le extremo del pincel; de ver la tierra, en el color, en la excavación de la casa de Jafeth, en el vino de Edgar que celebramos con religiosa manifestación de gratitud. Encuentros que nos sorprenden en la esquina, en el bus de la mañana, al desayuno o a la vuelta de un finito calendario, y para el cual es menester estar dispuestos dispuestas, la sonrisa al viento y el color abundante en la mirada. Este es un llamado de la tierra que nos toca en el hombro y nos recuerda que habitamos un mundo compartido, un mundo de seres múltiples, de seres temporales, de seres eternos. Eso que entiende muy bien Argenis que va un tiempo al mural para pintar, pero que siempre va a su huerta, desde muy temprano, y les habla en su propio lenguaje a las plantas y a los pájaros; y en lenguaje propio de los duendes siembra los granos y escaba en la barranca para construir su hogar. Argenis que sabe el momento justo para el café o mi debilidad por las arepas; o el punto precisó del abrazo para que genere siempre el regreso. Ella que también hace posible que existan pintoras, pintores y mural.

WarnerBenitez/julio/2009

 

De la Lúdica a la Utopía

Dijimos sí. Es algo que hay que decir, cuando hay voluntad, cuando el deseo humano aparece, cuando querer es mejor que tener. Y entonces nos planteamos medidas, espacios de descanso para descansar de otro modo, trabajo de oficina para vivirla de otra manera, a la manera de los pinceles, con la sensibilidad de la imaginación.
Ahí muy temprano. Llegaron los chicos del gran bastidor y lo dejaron instalado con unos centímetros de más en la altura y unos de menos en el ancho; pero esto no es problema, es desafío, es regalo para el ingenio; un incentivo para quienes creemos que lo improvisto es regalo grato de lo cotidiano, señal genuina de cambio, estímulo cariñoso para la creatividad. -Esta vez vamos a pintar en el salón de reuniones del centro Cultural Poveda, en un mural móvil de Lienzo, instalado en un marco que mandamos construir y debería medir 2.50 de altura que es la altura del techo; pero mide 3 metros y entonces hay que reclinarlo sobre la pared para poder pintar-
Luego de un avistamiento de los colores internos y un diálogo sobre lo que se quiere ver en el mural, comenzamos, casi de manera tempestuosa con un enorme árbol rojo, que se llena de pinceladas, unas sobre otras, color sobre color, intento sobre intento, deseo sobre deseo… Aparece una selección natural de la necesidad estética que perfecciona el trazo de unos y unas mientras que confronta un deber práctico de la oficina de unos y unas.
Y el impulso merma, se hace más pausado, menos estridente, mas estético; los colores se van mezclando cada vez mejor y las imágenes dan paso a los movimientos sonantes, más ágiles, más libres. Y ahí nos sorprende el atardecer, el límite pensado en las horas, el tiempo destinado para la obra. El día termina y la pintura no; necesitamos otro día para terminar; otro espacio que requiere de nuestro día de descanso. Y… No hay problema, volvemos de nuevo; y esta vez avanzamos sobre el arcoíris, sobre mares que se agitan en la barca de un colorido pescador que no pesca sino que juega a ser pez que acaricia desde su barca; y le damos calles a los chicos para que jueguen, caminos para ir a la escuela; y una escuela que ella misma en su techo es un libro abierto.
Ahí está el desafío de la escuela, el de romper sus cárceles y hacer saberes lúdicos, libres, deseables aun para los que poco desean; especialmente para quienes han perdido el gobierno de sus deseos. La escuela debería ser ese juego social de iniciación que hombres y mujeres desearían saborear sin mediaciones prácticas, solo con fines lúdicos. Y ahí vuelvo a ser un utópico que sigue soñando con juegos de infancia y con paraísos primordiales donde el amor lo es todo. Y entonces me rompe el alma una frase fantasma que aparece de la nada o de las difíciles experiencias latinoamericanas: “No hay que ser tan soñador”… La piel se me crispa y el frio viento interno de los miedos cobija todos los paraísos aromáticos que caben en una narración Macondiana. –Me pregunto: ¿Pero acaso no soñamos todos y todas? ¿Acaso no imaginamos el lugar más bello, el ser más estupendo, el país más justo, la vida perfecta? ¿Y si no soñamos entonces caminaremos solo los caminos que conciba la brújula o las estadísticas?
Mis pensamientos vuelan y me zambullo en el amargo café que me brinda la providencial mano de Irma. – A veces he soñado con un café como este…
Las palabras vuelan y se encuentran, forman un mariposario de letras sobre el mapa isleño trazado hábilmente por Wilson que después va dejándose trazar por cuerpos, por rompecabezas de color y por el mismo mar. Los cuerpos son de colores, de pieles diversas, de culturas mestizas que se mezclan como el mismo color y dejan una espectacular muestra de paisaje de vida. La vida es lo fundamental y la imaginación, la visión de un mundo mejor, de seres que se aman o se creen o pueden soñar sin límites y después volver para realizar sus sueños.
Quizá el mundo no está todo para ser labrado, o edificado, o programado; quizá está para ser libre, imagen multidimensional que se recrea sobre su fe o sobre sus mitos … Aquí nos encontramos con el diálogo entre la posibilidad de imaginar y lo real; la utopía y lo posible. Y aunque pareciera que la imaginación o la fantasía no son un camino muy seguro, me atrevo a afirmar que es la vía más cercana a la posibilidad del cambio, a la infraestructura de la esperanza y a una parte fundamental de los seres humanos por la cual todas las demás cosas les son posibles.
Afirmamos entonces la utopía, la sembramos en las paredes, en los rostros posibles, en la fe que anida en los corazones, en el compromiso con nuestra historia latinoamericana, caribeña, que se escribe día a día en la piel oscura de quienes somos paridos por el amarillo resplandor del sol.
WarnerBenítez/marzo2010

 

El Dios de Tablas

Las casas de una irregularidad perfecta saltan a cada paso, con cualquier tipo de materiales, con una increíble variedad de rostros que se asoman por todos lados como si jugaran a las escondidas con cada nuevo viajero. Es que ir a Altos de Oriente es todo un viaje; un nuevo recorrido, una epopeya urbano-rural para quienes solo acostumbran ir al centro comercial, al estadio, o a la iglesia. Este es otro mundo, de una narración nunca narrada, de historias nunca concluidas, de vidas que cada dia vuelven a nacer, o a indignarse, o a tener fe. Para llegar a altos de Oriente hay que tener suerte; o mejor, cierta participación consensuada de personas que van al mismo lugar. Y la tuvimos. Pues éramos tantos que llenamos un bus y entonces comenzamos la escalada hacia la cordillera urbanizada del nororiente de Medellín, durante un hora y media aproximadamente. Subir, subir y subir; primero por los trazos oficiales de la ciudad y después por carreteras con notables altibajos que hacen que la nave deje sus lamentos y sus ruidos metálicos agonizando en el viento. Ya habíamos estado ahí y otra vez nos sorprendemos con el diseño rustico de las casitas; el recurso ingenioso para cubrir los huecos por donde entra el frio, y la generosidad humana de los habitantes. Don Humberto con su rostro ennegrecido por el sol y también por los genes, nos da su más blanca sonrisa, su mano oscura y por supuesto la tradicional y vital “aguapanela”. Ese liquido mágico que le ha dada una oportunidad de vida a más de la mitad de la población colombiana.
Y aquí, donde las instituciones del estado se niegan a venir, estamos ahora, un grupo numeroso de personas de diferentes organizaciones; la corporación cephas, la Red ecuménica de Colombia, ceboga y la Red Teoartísca. También están por supuesto las personas de la Iglesia católica veterotestamentaria, de las Comunidades evangélicas del lugar y de la Iglesia Interamericana de Laureles: Estamos en Minga. Y unos e van a la cocina para hacer rendir las 12 libras de hueso que llevamos, las papas y las yucas, mientras que otros preparan la celebración ecuménica; y la mayoría nos vamos al muro; mejor dicho a la pared de tablas que forman la biblioteca del colegio que allí se fundará. Esta casita de tablillas sin pintar, o ahora solo pintada de acronal blanco, es un lujo urbanístico aquí; es como una hacienda de corredores largos y chambranas rojas. Pero ahí es donde reciben la catequesis los chicos; y las personas del barrio tienen acceso a unos cuantos libros de segunda que han sido donados a los voluntarios que allí laboran… – Yo le digo a Luis Eduardo que para que pintar en esas tablas si ellos construirán después una escuela de cemento. -Y el me mira y me contesta: Cuando construyamos la de cemento, nos llevaremos el mural de tablas y lo pegaremos en la pared como memoria de nuestra fé y de nuestras luchas…. Y mientras, Anne realiza su ritual de conversación, que es con una invocación a la imaginación, a la esperanza y a las divinidades del color. Y los sueños comienzan a correr; los deseos se hacen fuertes; el anhelo de la tierra, de un lugar libre, sin contaminación, sin violencia. La invocación de un territorio donde abunde la comida, la tranquilidad y haya siempre un espacio para sembrar flores y tener una familia… Y comienza la pintata. Y muchas de las señoras que estaban tímidas en el inicio, se juntan con sus hijos y dibujan casas, jardines, un iglesia, y caminos. La pared se pone colorida, se llena de matas de maíz, de montañas muy verdes, de pájaros, de flores; se llena de escenarios deportivos, escuelas, centros de salud; de un camino por donde viene el eficiente transporte público, y una estupenda bicicleta. Sí, la bicicleta de don Humberto; quien con la entrega de una gran maestro, traza pacientemente el retrato de su magnífica compañera de mas de 30 años; aquella bicicleta que tuve que vender por aquello de las necesidades. Las necesidades que aquí son de primer orden, trabajo, vivienda, comida, escuela, salud etc, etc, y la restitución de una vida que se ha perdido, de un referente geográfico que se ha violentado, una familia que se rompió con amenazas y desplazamientos múltiples.
Pero ahí, en esas tablas que se han ido pegando una tras una, durante largo tiempo, se está escribiendo ahora el sueño de un numeroso pueblo; un pueblo que no se entrega, y que cree en la posibilidad de tener un lugar. Y por eso el almuerzo comunitario es tan celebrado, tan rico, tan elocuente, y aunque los que se demoraron se quedaron sin plátanos y yuca, no hay insatisfacciones que comentar… Y todos y todas siguen pintando, aunque no cabemos en los 12 metros del pasillo, y tenemos que turnarnos o acomodarnos unos y unas tras otros y otras para ir dándole fin a nuestros dibujos: Pintamos mientras se almuerza, pintamos mientras se hace la celebración ecuménica; pintaremos mientras que exista la necesidad de resistir o de levantar los sueños como guía. Mientras exista vida y mientras haya que recordar la utopía. Alli hay mucho que aprender, mucho para pintar. La gente ya quiere pintar también, en la próxima ocasión, unas manos abiertas y un Monseñor Romero… Y cuando comienza a oscurecer, y muy cansados y cansadas descendemos de la montaña; nos abruma la profunda convicción de que es allí, en el barro, en el cartón, en las tablas de madera irregular, habita una estética sublime, una divinidad indestructible hecha de tablas, y un motivo poderoso para continuar.
WarnerBenítez/agosto/2009

 

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Mural Comunitario