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Orlando Fals Borda Warner Benítez

Estaba tras el escritorio, uno de esos sin ninguna ostentosidad, con sillones viejos y destartalados que parecían del museo de una historia contada ya de muchas maneras. Estaba de pie, erguido, como un arquetipo de narraciones épicas y legendarias. Y al igual que su elemental despacho de acción académica, atiborrado de libros complejos, viejos y nuevos, estaba su figura, también elemental, enmarcada en un extraño aura de tranquilidad y fuerza. 

Atrás en la pared, la foto del Camilo Torres sonriente, festivo, como sus propios sueños. Y él, de pie, sonriente y jovial, como el legendario profesor que decodificaba los eventos sociales en conceptos nuevos, comprensibles y alternativos:  Un evento glorioso del ayer que se reencarna de repente en la esencia de un contexto actual y ansioso, esperando un algo que ha de llegar con el propio aroma de la mañana o con el color horneado de la tarde.

Y su voz, que aparece, clara, sonora, como un interrogante de la propia conciencia histórica, como el nacimiento de un juicio crítico y apocalíptico que señala con su dedo invisible, las omisiones de quienes corren con el peso de la responsabilidad...

Y en aquel sótano llamativo, improvisado bunker de la guerra mundial innumerada de la academia publica, donde se atrinchera la genialidad de un profesor legendario pero atemporal, de repente, también, se dejo sentir una armonía carismática de fe y de esperanza, acompañada por la convicción de los principios presbiterianos heredados de la reforma, y por los principios cristianos de la búsqueda de la verdad y de la justicia.  Tal vez fue por eso que     siempre se encontró esperanza en sus palabras; siempre se encontró posibilidad en sus conceptos; siempre se encontró alternativa en sus consideraciones; y siempre existió la posibilidad de una nueva acción justa y poderosa que renovara los cuerpos quebrantados por la indiferencia y los espíritus torturados por la continuidad atroz de la guerra.

Así llegó con la tarde cobriza y con el viento libertino de las montañas: Llego el hombre que escribió la historia de nuestra historia. Llego el hombre que habitaba tras los libros, las tesis sociológicas y la racionalidad de una academia constructora de presupuestos de dignidad social. Y allí, esa tarde melancólica y e impregnada de un gozo extraño, entre las historias actualizadas de aciertos y desaciertos; allí entre las letras destiladas del devenir de la novedad, se materializo el espíritu cósmico y unificador de un Dios que clama justicia, derecho,  rectitud y comprensión.

Esa tarde mágica de 2 de octubre de 2002, mientras caminaba veloz por la sala del despacho, con una alegría sospechosa en el rostro, comprendí el significado de una historia marcada por los principios revolucionarios heredados de la simiente del presbiterianismo. Y admire al hombre simple y profundo, sincero y consecuente con un aura histórica imperturbable.